Por: Rodrigo Aravena A.
Arquitecto PUC
Director Comercial AGS Visión Inmobiliaria

 

La pandemia del COVID-19 nos ha confinado a vivir bajo aislamiento social, obligados a tomar distancia entre nosotros en espacios públicos, o incluso aislarnos en nuestras propias viviendas. De sorpresa, este enclaustramiento ha anulado de forma la vida colectiva tradicional, que elogiábamos como el beneficio de vivir en densidad, aprovechando las economías de aglomerarnos en torno a un barrio, usar intensivamente el transporte público o encontrarnos en espectáculos masivos. Es decir, en todo lo que hacíamos de forma agrupada, colectiva y colaborativamente.

El vivir la ciudad y sus espacios públicos, no será similar a como lo hacíamos antes. Al menos, en los próximos dos a tres años. Nuestros patrones de conducta en los espacios y el transporte público, cambiará hacia uno de menor cercanía y contacto con nuestros pares.

Últimamente, hemos leído columnas y tuits, criticando a la hiperdensidad como la triste herencia que el mercado inmobiliario legó para la propagación de la pandemia. Y no hemos reparado en que los focos de contagio mayor se podrían dar al interior de nuestras propias viviendas, entre quienes viven juntos de forma obligada -no siendo familia- y frente a lo cual tienen muy pocas opciones de evitar. Hostales, hogares de acogida, casas subarrendadas “por piezas” o departamentos compartidos, incluso en barrios acomodados.

El problema no es la densidad de nuestras ciudades ni de nuestros edificios. El hecho de concentrarse 200 a 300 departamentos en torno a un mismo acceso, no lo hacen un foco de peligro si se toman las medidas de higiene y circulación adecuadas para restringir sus flujos. Un departamento de 20 metros cuadrados puede ser todo lo discutible arquitectónica y hasta éticamente, pero no radica en su cuestionado diseño la eventualidad del contagio, sino en cuántas personas hacemos vivir en él.

Y eso lo determina el precio que estamos cobrando por vivir en él.

Semanas atrás, una columna de un destacado profesor de Arquitectura mencionaba a Singapur como ejemplo del control del COVID-19 en una ciudad hiperdensa, pero con un fuerte control y planificación central (el 80% de las viviendas son fiscales), en contraposición a la desordenada planificación de Guayaquil*. Efectivamente, las autoridades lograron controlar la pandemia en sus primeros tres meses de propagación, sin embargo, el virus está creciendo en la ciudad-estado asiática, especialmente en aquellos dormitorios estatales que suman densidad con hacinamiento, llegando incluso a vivir doce trabajadores en un dormitorio.

La solución fiscal a la crisis de vivienda ha llegado a estos niveles de hacinamiento, que hoy son el gran foco de diseminación de la pandemia. Pese a la admirada planificación urbana de Singapur, es el hacinamiento como en cualquier otra ciudad altamente demandada lo que propaga el virus.

En Santiago, el déficit de vivienda es la causa de la crisis de hacinamiento que vivimos, observable a vista y paciencia de todos nosotros, cuando observamos familias de migrantes tomándose las calles para actividades supuestamente domésticas, pero que se hacen imposibles de realizar por la alta densidad de personas viviendo bajo un mismo techo. Un sólo dato; de acuerdo a datos de la Fundación Vivienda; tan sólo en Santiago tenemos más de 110.000 viviendas con alto nivel de allegamiento y/o hacinamiento. ¿Cómo evitar la propagación de la pandemia en tales condiciones?

El riesgo del contagio entonces, está en el hacinamiento. El compartir recintos entre más personas para los que fue diseñado originalmente. Y este problema no es inherente a un barrio hiperdenso o uno extenso de periferia; es un hecho transversal y de causas netamente socioeconómicas, antes que normativo.

Antiguas casonas de barrios céntricos, cuyas declaratorias de inmuebles de protección histórica, o zonas típicas que se miran con romanticismo a nivel de círculos académicos, hoy se utilizan como nuevos conventillos, donde perfectamente viven 20 a 30 personas, compartiendo dos a tres baños. Estos lugares son tan propensos a una explosión de la pandemia como los nuevos departamentos hiperdensos, a los que se han dirigido las principales críticas de los urbanistas. En ambos casos se dan subarriendos abusivos, carentes de toda normativa, restricción o autoridad que los supervise. Existe frente a nuestros ojos un gigantesco e inmoral mercado del subarriendo de habitaciones (piezas), que generalmente se subarriendan a migrantes o personas de los segmentos más bajos de nuestra ciudad.

Nuestra regulación urbana limita densidades máximas para la edificación nueva, considerando un cálculo inamovible de cuatro habitantes por vivienda proyectada, pese a que se diseñe de uno o cinco dormitorios y que en ella finalmente vivan una o diez personas. ¿La misma Ley fomenta el hacinamiento, al obligar a un cálculo estandarizado de cuatro habitantes para cualquier tipología de vivienda, sin matices? ¿No hemos podido inventar mecanismos de cálculo más sensibles, para el control de las densidades de nuestras viviendas y ciudades?

Debemos convencernos de que NO es la densidad sino el hacinamiento, el enemigo de la ciudad y aliado de las enfermedades infecciosas. A él debemos evitar, a través de proyectos de edificación de vivienda social o integrada cuyo uso sea orientado preferentemente a la renta formal, para controlar su sobrepoblamiento. Necesitamos hacernos cargo de la pandemia urbana del hacinamiento progresivo de nuestras ciudades, fruto del fuerte encarecimiento de la vivienda y el suelo. Si no brindamos más soluciones de vivienda controlada en propiedad y en densidad, la crisis del hacinamiento se nos hará incontrolable.

Y de lo construido, debe regularse la densidad de la vivienda existente, estableciéndose máximos densificatorios para lo cual fue diseñada. No es posible seguir tolerando los abusos del hacinamiento y los subarriendos abusivos, que afectan a quienes más les duele pagar.

*Columna de Luis Eduardo Bresciani L., “Singapur o Guayaquil”, Past president Consejo Nacional de Desarrollo Urbano.

 

Publicada en Diario Estrategia